Ronda
es una feria de sentimientos, desde que se entra en la Ciudad. Si por una
parte su especial sello histórico puede invitar a la meditación,
de otra sus bulliciosas calles y plazas, ese cielo limpio, esa esencia
torera, que se respira en todos sus rincones, sus bellas mujeres, ese olor
a manzanilla fina y ese permanente rasgueo de guitarra con ese toque de
típico bandolerismo, te adentra en uno de los pueblos más
singulares de España, con el Tajo por testigo de la historia.
Ronda es casi un gemido permanente de andalucismo de la más pura esencia.
Y en ese marco sin par donde la reciedumbre serrana se abre
al visitante, en esa fiesta de la convivencia, donde las voluntades juegan
al acercamiento, a ofrecer con ese su especial señorío, la
hospitalidad de su tierra, con ese verbo fácil y fluido enriquecido
por tan distintas culturas, moverse por las calles rondeñas, acercarse
a sus bares de tapeo, asistir a una corrida de toros, visitar alguno de
sus muchos restaurantes de típica cocina rondeña, puede convertirse
en un glorioso disfrute.